No todos tenemos que llegar a la cima

(y está bien así)

Reflexionando sobre el "éxito"

 

Parece que éxito es sinónimo de cima. 

Que si no estás arriba del todo, si no lo estás petando, si no acumulas hitos espectaculares… entonces “no eres bueno”.

Vivimos rodeados de mensajes que nos empujan a mirar hacia arriba: …más seguidores, más productividad, más ingresos, más brillo, más “lo que sea”…

Y cuando abrimos las redes sociales, el efecto se multiplica. 

Vemos vidas editadas, logros empaquetados y resultados impecables… poca gente publica cuando las cosas le salen regulinchi, así que solamente vemos:

 

  • Artistas que llenan teatros y encadenan sold outs en una gira por lugares espectaculares.
  • Emprendedores que “facturan siete cifras mientras duermen”.
  • Traders que “han descubierto el secreto del mercado” y sólo generan ganancias.
  • Gurús de cripto que compraron una moneda random a tres céntimos y ahora dan lecciones de vida.
  • Nómadas digitales que viajan con el portátil… y curiosamente nunca parecen trabajar.
  • Personas que a los 30 ya tienen casa, hijos, empresa, perro y abdominales marcados.
  • Influencers con rutinas de mañana que parecen rodadas por HBO.
  • Profesionales que encadenan ascensos como quien colecciona cromos.
  • Creadores que suben un vídeo y lo petan… con millones de likes siempre.
  • Madres perfectas que llegan a todo sin perder nunca la paciencia, y sin despeinarse..

  

Y claro, viendo todo eso… ¿qué hacemos?.. pues Idealizamos.

 

Construimos un modelo silencioso y completamente irreal de lo que “deberíamos” ser capaces de hacer.

Nos exigimos funcionar como si fuéramos personajes de ficción. 

Y entonces aparece una sensación muy concreta.. y peligrosa: 

la de sentir que siempre nos «falta algo», 

sentir que no somos suficiente.

Peero

El éxito no es un destino.

 

Para cada persona puede ser algo distinto, una manera de estar en el mundo. Y no tiene por qué estar en la cima.

Ojo, no digo que no haya que tener ambiciones.

Pero puedes vivir una vida plena y con sentido en una ladera de la montaña.

Una ladera donde respiras mejor.

Donde el viento no arrasa con todo.

Donde no te ahogas por intentar sostenerlo todo para mantenerte en la cima.

Una ladera donde hay un espacio cómodo para ti, donde construir y asentarte.

Las cimas impresionan, sí. Pero también son frías, solitarias y frágiles.

Y muchas veces, quienes llegan arriba viven pendientes de no caer, atados a un ritmo que no eligieron, sosteniendo una imagen que no siempre coincide con quienes realmente son.

El éxito real no es escalar sin parar para llegar “lo más arriba posible”.

El éxito real es disfrutar de la aventura de la vida a tu ritmo y a tu manera: alineado con tus valores y con lo que para ti es importante.

Y si ese lugar es un trabajo que te sostiene, un proyecto pequeño pero tuyo, relaciones estables, tiempo para ti, y la sensación de coherencia interna… eso no es conformismo porque podrías “aspirar a más”. Eso es madurez.

Porque cuando dejas de mirar hacia arriba todo el rato, ocurre algo curioso: vuelves a mirar alrededor, al presente, y hacia dentro.

Y puede que descubras que muchas de tus expectativas no eran ni siquiera tuyas: eran heredadas, imitadas, copiadas, o dictadas por un algoritmo que te vende vidas que ni siquiera deseas.

No todas las vidas tienen que ser extraordinarias para ser significativas y valiosas.

Lo valioso no está en lo alto: está en lo auténtico. En lo sostenible. En lo que te permite respirar y estar presente durante el viaje, disfrutando del camino con sus lices y sombras.. sin ansias por llegar a ningún lado.

Quizá tu lugar no tiene la forma que te contaron.

Quizá tu lugar no es una cima, es una ladera.

Y quizá ahí , en esa ladera, es donde tu vida empieza a tener sentido.

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